viernes, 30 de junio de 2017

Creepypasta: Marie the skinwalker

Rachel, la dulce madre de Anie y la maravillosa esposa de John, se encontraba en la cocina preparando el almuerzo para el picnic, mientras que su marido llevaba lo necesario al coche de familia que iban preparando para la pequeña escapada del fin de semana. Aunque a los tres les gustaba ir al bosque y disfrutar de la naturaleza, sobretodo Anie, éste no era un lujo que se pudieran permitir siempre ya que John siempre trabajaba en la oficina y Anie se encontraba en la escuela. Sin embargo, ese fin de semana el padre libraba del trabajo, y Anie obviamente no tenía clases, así que decidieron aprovecharlo en hacer lo que más les gustaba.
Cuando ya estuvo todo listo, lo empacaron todo en el coche y se marcharon a un bosque que estaba a unos pocos kilómetros de ahí, aparcando el coche a un lado de la carretera. Era frondoso, con unos árboles enormes, y una vegetación abundante y viva. Los pájaros cantaban alegremente y las flores eran hermosas. Anie y su familia caminaron un rato hasta encontrar el lugar perfecto para asentarse: un pequeño claro con un río que había cerca. El hoyo con madera quemada que había en el centro daba a entender que habían personas que también habían elegido ese lugar previamente.
-Creo que este será un buen lugar. ¿Qué os parece? -Preguntó Jhon.
-Es estupendo.- Contestó Rachel, mientras dejaba las pesadas mochilas apoyadas en un tocón que había cerca.
Anie, sin embargo, ignoró la pregunta de su padre. Ella tenía la mirada fija en unas manchas rojizas que estaban salpicadas en uno de los árboles que rodeaban el claro y el piso cerca de éste. Su madre notó esto y calmó a la niña:
-No te preocupes. Seguramente es de algún animal o un accidente de alguna de las personas que estaban aquí antes. No pasa nada.-Le dijo sin darle importancia, tratando de tranquilizar a la pequeña. Anie sonrió, y gracias a su madre, se quitó ese pensamiento de la cabeza.
-¿Puedo ir a recoger flores y bayas mamá?-Preguntó dulcemente la niña.
-¡Claro! Pero no te alejes mucho. Pronto terminaremos de colocar la tienda de campaña y la cena.-Advirtió Rachel.
Anie le dió un beso en la mejilla y se fue corriendo entre los árboles. Paseó durante un buen rato, aunque de vez en cuando se paraba a tomar las flores que veía, las cuales guardaba en su mochila, junto a los arándanos y bayas que también encontraba, junto alguna que otra seta. También se dedicaba a perseguir mariposas, alimentar a las ardillas y observar a los pájaros.

Hasta que en un momento percató cuenta de que se había perdido.
Miró hacia la derecha, luego a la izquierda. Se dio la vuelta y buscó con la mirada alguna pista que le recordara por qué lugar había venido, pero fue en vano. Intentó correr, pero lo único que consiguió fue adentrarse más en el bosque y perderse más, y encima había empezado a oscurecer. Anie estaba asustada y las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, hasta que oyó una rama romperse detrás suya.
Anie se encontraba paralizada del miedo, no quería girarse. Algo en su mente le decía que lo que había detrás de ella no era humano. Sin embargo, la curiosidad le pudo: Anie comenzó a girar lentamente la cabeza, hasta que logró ver, entre los árboles, en aquel rincón oscuro, una figura alta, con unos ojos brillantes. Anie no quiso quedarse ni un segundo más ahí, así que al instante echó a correr entre los árboles. Podía sentir cómo el corazón se le salía del pecho por el terror, y sus pies parecían no tocar el suelo. Sin embargo, podía oír cómo aquella bestia la perseguía por las pisadas que iban detrás. Las ramas de los árboles arañaban a la pobre niña haciéndole cortes superficiales en la cara y en los brazos, pero no le importaba, prefería no ser atrapada por lo que sea que la estuviera persiguiendo. Pudo oír cómo aquella cosa casi la alcanzaba, y notó algo afilado cortando su piel formando una profunda herida en el hombro izquierdo antes de caer y rodar por una pequeña colina. Se golpeó el cuerpo con las rocas y los árboles, por lo que le costó levantarse, pero se percató de que el monstruo ya no le seguía, sólo se quedó ahí, observándola desde lo alto.
-¡Anie!- Fue la voz de Rachel, llamando a su pequeña. En ese momento, Anie volteó la cabeza y observó que se encontraba justo al lado del campamento que montaron sus padres. Anie se sintió aliviada hasta que recordó a la criatura que intentó atraparla. Giró de nuevo su cabeza, pero ya no estaba ahí.
-¡Anie! ¿Dónde estabas? ¡Nos tenías preocupados! Te llamamos varias veces e incluso intentamos buscarte, pero no te encontrábamos.-Dijo su madre mientras corrió y abrazó desconsoladamente a su hija. Anie la abrazó de vuelta.
-Lo siento mucho, mamá. Me perdí...y no sabía cómo volver...-Anie pensó en la figura aterradora que vio. ¿Debería contárselo a sus padres? No, la tomarían por loca, o pensarían que fue su imaginación. Entonces, Anie decidió contar una pequeña mentira.-...y luego me perdí. Traté de volver, pero no encontraba el camino de vuelta, así que corrí y me tropecé por aquella colina.-Les explicó con lágrimas en los ojos.
-Deberías tener más cuidado Anie. Te dijimos que no te fueras muy lejos.-Le regañó John con un suspiro.
-Ven, vamos a comer. Ya tenemos todo listo.-Tranquilizó la madre a Anie, mientras la tomaba de la mano. La niña sonrió levemente, aunque luego recordó que iban a pasar ahí la noche, y su rostro se apagó de nuevo. No quería pensar que estaría durmiendo en aquel bosque estando vulnerable a la bestia que vio antes. ¿Pero qué podía hacer? Sus padres no se irían si la niña les dijera que vió un monstruo en el bosque, por lo que tuvo que aguantar y esperar a que no ocurriera nada aquella noche.
Esos pensamientos se fueron luego de que Anie cenara con sus padres mientras hablaban y hacían bromas. Asaron malvaviscos en el fuego y todo parecía estar tranquilo, hasta que Anie, por curiosidad, dirigió su mirada a un lado del claro.
Ahí, en la oscuridad, pudo divisar la misma figura alta y con ojos brillantes que la persiguió. Su rostro se paralizó del miedo, hasta que sus padres lo notaron.
-Cariño, ¿te ocurre algo?-Preguntó su madre, preocupada.
Anie apartó la mirada y miró a su madre con una sonrisa.
-Si, no pasa nada. ¡Hoy recogí muchas flores y frutas del bosque!-Contestó Anie para cambiar de tema.
-¡Eso es estupendo! ¿Podemos verlas?-Dijo Rachel al ver cómo se le iluminaba el rostro a su hija. Mientras Anie mostraba su colección, notó que John buscaba algo con la mirada entre los árboles, en vano aparentemente. Después de una larga charla sobre qué bayas eran comestibles y cuáles no, decidieron irse los tres a dormir a la tienda de campaña. La niña preguntó a sus padres si podía sacar su linterna, para sentirse más segura, y sus padres aceptaron sabiendo cómo era. Se pusieron el pijama y se fueron a dormir.
Anie, sin embargo, no se sentía tranquila aquella noche, y siendo ligera de sueño, se despertó al instante cuando escuchó el aullido de un lobo. Tomó su linterna, y estaba a punto de encenderla cuando un ruido a fuera de la tienda hizo que se le helara la sangre: había algo rebuscando entre las mochilas y los objetos personales. Anie se levantó con cautela, mientras tenía agarrada la linterna. Posó una mano sobre la tela que cubría la entrada de la tienda, y la apartó un poco. Pudo ver de nuevo la sombra de la criatura, pero no divisaba ninguna característica especial. Estaba de espaldas.
Hasta que se giró rápidamente y Anie apretó el botón de la linterna por accidente, deslumbrando al monstruo. En ese instante, pudo verlo con claridad: una figura alta y humanoide, cubierta de pelo, y con características similarse a las de un lobo. El pelaje era de colores dorados y amarillos. Sus ojos eran marrones, que hacían contraste con las afiladas fauces y las enormes, afiladas garras de sus manos. También parecía tener una de sus prendas en la boca. Pero lo que más le llamó la atención fue el lazo negro que portaba en una de sus puntiagudas orejas. Ese lazo se le hizo familiar.
Fue en ese instante, que a Anie le pareció una eternidad, donde pudo divisar aquellos detalles, antes de que la bestia emitiera un sonido similar entre un grito y un aullido feral, mientras se tapaba los ojos. La pequeña niña gritó del horror al mismo tiempo y los padres se despertaron sobresaltados. Rachel tomó a su hija inmediatamente en sus brazos, mientras que John sacó una pistola de debajo de su almohada y salió afuera a ver qué era lo que asustó a su pequeña. Pero no había nada ahí. Nada salvo los objetos personales de la familia, y unas pisadas que no coincidían con las de ningún animal de la zona. Tampoco estaba la prenda de la niña así que se pensó que se lo habían llevado. Anie sollozaba entre los brazos de su madre, mientras que ésta trataba de calmarla de nuevo, pero era imposible.
-Nos vamos ahora.- Inquirió el padre. Empezó a recoger las cosas personales de la familia.
-Pero...es de madrugada. ¡No podemos guiarnos ni ver por donde pisamos! Nos podríamos perder.-Protestó Rachel.
-Pues yo no pienso quedarme ni un minuto más, sobretodo arriesgando la vida de Anie. Tengo la pistola cargada, por si ocurre algo, y tenemos las linternas y el mapa.-Dijo el padre. Rachel terminó aceptando, pensando en qué sería lo mejor para la seguridad de Anie. Terminaron de empacar las cosas y se pusieron en marcha. Todo estaba completamente oscuro salvo por las luces de las linternas. Durante el camino no ocurrió nada, salvo el sentirse aterrorizados y observados desde los árboles. Finalmente llegaron al coche, colocaron las mochilas en el maletero, se subieron al vehículo y empezaron a conducir. Los padres por fin podrían respirar tranquilos. Pero Anie aún no se sentía fuera del peligro. Algo en ella le decía que todo aquello no había terminado aún.
De pronto, en mitad del camino, sin que nadie lo esperase, vieron cómo el cadáver de un venado voló contra el capó del coche, haciendo que descarrilaran y chocaran contra un árbol. Lo único que pudo ver Anie antes de perder la consciencia, fue a la criatura acercándose lentamente desde el bosque por la ventanilla de su lado.
Al día siguiente despertó Anie en una de las camillas del hospital, con una enfermera al lado.
-¿Qué pasó?-Fue la primera pregunta que formuló Anie a la enfermera. Trató de incorporarse, pero le dolía todo el cuerpo. La enfermera la ayudó a recostarse de nuevo.
-Ten cuidado, tienes que descansar. Has tenido un accidente y estás recuperándote.-Le contestó amablemente la enfermera.
-¿Y mis padres?-Preguntó Anie de nuevo. A la enfermera se le apagó la mirada.
-Le diré al médico que has despertado y llamaremos a tus familiares. ¿De acuerdo?- Sonrió la mujer y se fue rápidamente de la habitación. Anie no entendía nada: ¿dónde estaban sus padres? Entonces, recordó lo sucedido en la acampada, y se levantó la manga del hombro izquierdo: ahí estaba la cicatriz del monstruo. No había sido un sueño, al parecer.
Pocas horas después, entraron al cuarto sus tío y su tía, abrazando a la pequeña y diciéndole que todo iba a salir bien. Pero Anie siguió insistiendo en preguntar dónde estaban sus padres.Al final le contaron la verdad: habían desaparecido.
Después de que el coche se estrellara, unas horas después un conductor llamó a la policía tras ver el coche estrellado. Cuando los agentes llegaron a la escena, sólo encontraron a la niña. Interrogaron al conductor, pero no sabía nada. Después de que la sacaran del coche, la llevaron inmediatamente a urgencias, donde la curaron. Llamaron inmediatamente a los familiares más cercanos y se les explicó la situación. Tras escuchar esto, Anie rompió a llorar.
Después de varios días en los que la pequeña tardó en recuperarse y mudarse a la casa de sus tíos, comenzó a ir de nuevo a la escuela junto a su primo.
El primer día, cuando ya llegó la última hora y tocó la campana, antes de irse a su nueva casa, notó que alguien le tocó el hombro izquierdo con suavidad. Anie se volteó y se encontró con una de sus compañeras de clase, Marie. Una chica de ojos marrones y cabello rubio. Tenía algo en la mano.
-Me encontré esto cerca de mi casa, ¿es tuyo por casualidad?-Preguntó Marie.
Se trataba de la prenda de ropa que había perdido. La misma prenda que se llevó aquella horrible criatura. Anie entonces notó el listón que llevaba su compañera en el pelo y sus ojos se llenaron de miedo.
Fue entonces cuando entendió porqué le resultaba tan familiar aquel lazo en la oreja del monstruo. Retrocedió unos pasos antes de caer al suelo y gritar de horror.